{"id":162,"date":"2017-02-15T15:38:11","date_gmt":"2017-02-15T15:38:11","guid":{"rendered":"http:\/\/lesasturies.org\/?p=162"},"modified":"2017-11-07T15:51:41","modified_gmt":"2017-11-07T15:51:41","slug":"maruja-torano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/lesasturies.org\/index.php\/2017\/02\/15\/maruja-torano\/","title":{"rendered":"Maruja Tora\u00f1o"},"content":{"rendered":"<p>Maruja Tora\u00f1o.<\/p>\n<p>La primera imagen que tengo de Maruja Tora\u00f1o ya es tard\u00eda en su hoja de servicios: es de 1985 en La Terraza de Arriondas, un bar sin complejos con trozo de tierra, pl\u00e1ganos y mesas de merendar. All\u00ed lleg\u00e1bamos aquel d\u00eda de piraguas, con menos de treinta a\u00f1os y en vespa, ebrios de juventud tras el viaje apote\u00f3sico que cortejaba a los palistas.<\/p>\n<p>En aquel instante de sidra, bocadillos y carne de emergencia, conoc\u00ed a Maruja. La vi varias veces con su cu\u00f1ada Agustina, asomando entre cocina y barra, siempre con comida entre las manos, siempre aportando algo a la colectividad. En medio de aquel tr\u00e1fico vertiginoso, con unas Asturias\u00a0 venidas arriba por el turismo, la movida y la especulaci\u00f3n, Maruja encomend\u00f3 los hijos a La Virgen del Camino, provincia de Le\u00f3n, en las ant\u00edpodas de taberna y fogones. La Terraza de entonces echaba vapor entre las juntas, atendiendo a excursiones de monta\u00f1eros o jubilados tan prestu como a veladas de boxeo, desfiles o pases de carnaval, sin cerrarse a las nuevas artes del enga\u00f1o, como el bingo y los m\u00edtines.<\/p>\n<p>Y aunque aqu\u00ed siempre contaron con Marisol, prima carnal adquirida, se fueron los rapaces a Le\u00f3n, a por teor\u00eda, porque luego las pr\u00e1cticas las hicieron en El Rical, finca de tareas infinitas en las que los curti\u00f3 el padre, Aurelio, para quien \u201c<i>era much\u00edsimo peor ver a un hombre parado que muerto<\/i>\u201d. As\u00ed que entre las ense\u00f1anzas castellanas, el \u201c<i>sufre et labora<\/i>\u201d y el ejemplo perpetuo de la madre, se hicieron mayores cuatro varones y una mujer aplicada, como aconsejan los sabios hispanos. Maruja Tora\u00f1o, mujer estoica, alimentaba con actos y palabras esa filosof\u00eda antigua, sufrida y l\u00f3gica, y tan dura como la \u00e9poca en que le toc\u00f3 crecer, nacida en El Pedregal, junto al Campu La Iglesia de Sevares. All\u00ed no da el sol como en Sorribes y hay que espabilar, por eso aprendi\u00f3 pronto a coser con Villa, el sastre de Sevares, y con el primer desahogo entre costuras compr\u00f3 un reloj.<\/p>\n<p>Enseguida conoci\u00f3 a Aurelio, porque reloj y labor no paran nunca para las mujeres, y supo acomodarse a un bar -La Terraza- y a un linaje, el de los Aramburu, altos, fuertes y peculiares, casi una etnia en car\u00e1cter y rasgos que reaparecen una y otra vez. Apenas con un a\u00f1o, Mateo, hijo de Celia y To\u00f1o, correteaba por el cementerio mientras desped\u00edamos a la abuela entre las flores. En la cara del rapac\u00edn, el vigor y los genes innegables del clan. Como en \u00d3scar, Pablo, Nacho y Juan, nietos varones y tan aramburus, que aguantaban el tipo con dignidad y an\u00e1loga fisonom\u00eda: la de un bisabuelo herrador que lleg\u00f3 con el ADN de Robrigueru, casi Cantabria, a vivir a Les Arriondes.<\/p>\n<p>En ese prolijo universo, como en el bar a \u201ctodo gas\u201d, particip\u00f3 Maruja Tora\u00f1o hasta aquel 1985, por lo menos, en que la conoc\u00ed. A\u00f1os despu\u00e9s, volv\u00ed a coincidir con ella en la apretada cocina del antiguo Mol\u00edn, en Cangas, madre del que ya entonces era mi amigo y hermano \u00d3scar. Era por el 96. Los amigos de \u00d3scar, toda la panda de Luciano y mi caso, como las que despu\u00e9s fueron nueras, compa\u00f1eras o amigas, pudieron siempre reconocerse en el afecto de la matriarca y su complicidad. Con ella funcionaban eficaces los pactos sin hablar. Entend\u00eda o reprend\u00eda sin pronunciarse, porque para qu\u00e9 vamos a enredarnos con palabras si existen el trabajo, la coherencia, la verg\u00fcenza torera y la acci\u00f3n.<\/p>\n<p>Durante sus \u00faltimas d\u00e9cadas, con casa propia por fin y sin el apremio de criar, ech\u00f3 a latir su coraz\u00f3n de Parres a Kinshasa, atendiendo tambi\u00e9n las necesidades cercanas de C\u00e1ritas. Tuvo humor para componer cabalgatas, disfrazar uno a uno a todos los camareros del Toype, en su d\u00eda, y arm\u00f3 el Bel\u00e9n de Arriondas a\u00f1o tras a\u00f1o hasta el final, con el reloj marcando los \u00faltimos compases de su tiempo \u201cpropio\u201d.<\/p>\n<p>Este jueves de p\u00e9rdida, en el cementerio, tres generaciones de mujeres se dieron la mano, como dice Adolfo Garc\u00eda, el antrop\u00f3logo: la mayor, que se iba, gestora de un mundo familiar que va m\u00e1s all\u00e1 de los hijos y nos alcanza; las mujeres en producci\u00f3n, heredando el rol con la firme y dulce Ana a la cabeza; y las m\u00e1s j\u00f3venes en el repuesto, aqu\u00ed Leyre y Marina, quienes lloraban a la abuela con su misma contenci\u00f3n, permaneciendo al o\u00eddo y recuerdo de la \u201cgran madre\u201d.<\/p>\n<p>Al lado, los hijos y los hombres quedamos a la espera de nuevas instrucciones, y un poco colgados, sin ella, como los disfraces de carnaval este febrero.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Maruja Tora\u00f1o. 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