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Arriba: Rinke practicando esquí de travesía.

Centro: Un agente de policía y el Ministro de Justicia de Holanda intercambian opiniones con los usuarios de un parque público.

Abajo: Mark Rutte, el Primer Ministro, acude a una reunión de su Gabinete de Crisis

UN AIRE HOLANDÉS

Gonzalo Barrena.

Rinke es un holandés espigado y alto. Y se parece a esos asturianos esquemáticos que aparecen en las viñetas. Sin embargo, pronto muestra señales de más al norte: las gafas, de montura y color impensables para el recato peninsular, y el acento: la primera vez que lo escuché, hace décadas, ya lo tenía. Desde entonces, y a pesar de que reaparece con frecuencia, no ha perdido esa pronunciación hevy metal de las lenguas germánicas. Te entiendes relativamente bien con ellos, pero es como si hubieran gastado de una vez toda la capacidad de aprender romance, lo mismo que nos reprochan a nosotros por gastar de golpe todo lo que tenemos. En fin, todos esos tipos tan altos -de Países tan bajos- serán bilingües, no digo que no, pero lo son entre ellos, porque con el castellano no suelen pasar de cuarto y mitad.

Al margen de patrias, lenguas, impuestos, talla y background, conviene asomarse de vez en cuando a la ventana de los universos gentiles. Entre el chovinismo francés y la rigidez germánica, se abre ese país con vocación errante y modales, y que se cumple como un estereotipo en el personaje del que hablo, a pesar de los accidentes de su pronunciación. Rinke salta los paralelos que nos separan de Utrecht con malicia cervantina, plantándose en medio de Los Picos porque Europa la trae de serie. Errantes o no tanto, como Rinke, los holandeses poseen el secreto de la ciudadanía universal y visitan el mundo como segunda residencia. Cuando aparecen, llegan con el aire de quienes, más que venir del norte, vienen del futuro. La primera profesión que le conocí a Rinke, en aquellos años del tardofranquismo, me sorprendió: en 1985 impartía clases a los agentes de policía de Ámsterdam sobre cultura islámica.

En la España de entonces, a los policías les decíamos “grises”, aunque en realidad todo el país tenía ese color. Quizá el futuro fuese esperanzador, pero el presente ofrecía el mismo tono apagado que tienen hoy los parques y las calles: todo estaba infectado por un virus “generalísimo”.

Que Rinke trabajase como aculturador de la policía holandesa, para que sus miembros pudiesen tratar a las personas de otra cultura como merecían, nos dejaba perplejos, pues aquí sólo conocíamos la emigración por activa, o el exilio. Los cuerpos policiales solo velaban por la seguridad del Régimen y Europa seguía terminando en los Pirineos, dejándonos a las puertas de la modernidad por nuestra condición de celtíberos.

Ayer, recibí de Utrecht, vía Rinke, dos imágenes que reactivaron en mi aquel complejo peninsular, junto con la sorpresa por el adelanto holandés. En una de las fotografías, el ministro de Justicia coincide con un agente en un parque público. En él, el policía recuerda a los usuarios las normas del alejamiento. Ambos apoyan el pie en el suelo desde sendas bicicletas con una actitud que parece gentil. Es Holanda.

En nuestro país, la práctica parece impensable, incluso en espacios llanos. Y no por los agentes, completamente alfabetizados en democracia, sino porque en la casta política que padecemos, o te subes a una bici o te subes a un cargo: ambas dimensiones parecen excluyentes en Hispania.

En la otra imagen que llega de Holanda, alentada por el viento electrónico que sopla estas semanas de frenesí, el “Primer Ministro” se aproxima también en bicicleta a un gabinete de crisis. En nuestro país, los modos de aproximación a algo son sobrecargados, poco naturales, impregnados de esa sobreactuación latina, de la que somos históricamente responsables. En toda la Hispania peliculera se abusa de trajes y autos de cristales tintados, a cuyas puertas se arraciman verdaderas cohortes de guarda-espaldas e impostación, no se sabe muy bien si destinada a protegerse, a impresionar o a autoconvencerse.

En el caso de Holanda, ambos políticos pertenecen al espectro conservador: Mark Rutte, el primer ministro pertenece al VVD, de orientación liberal, y tiene fama de no inmutarse por nada. Su ataraxia le ha valido el apodo de “Ministro Teflón”, un material conocido por su propiedad deslizante. Por su parte, Ferdinand Grapperhaus, el ministro de justicia, es demócrata cristiano. Y sin entrar aquí en el espectro ideológico ni en la hemiplejía izquierda/derecha de corte futbolero que nos infecta, ¿para cuándo en España un poco de la naturalidad de Flandes?.

Parece claro que a medida que aumenta la calidad democrática disminuyen el estrambote y las medallas, como ésas que gustan de ponerse sobre la guerrera los generales. Aquí, actuar políticamente en jersey o en vaqueros, desplazarse en bicicleta o en autobús, provoca el salto inmediato del periodismo de presa y miles de gruñidos en red.

Así que, más allá de ser liberal, izquierdista o cristiano, pues allá cada cual con su demencia, por la naturalidad que aporta frente a problemas y pestes, por ser gentil, por no confundir la higiene con el desenfado y usar la bici, si el suelo es llano, por manejar un humor sano… por todo ello resulta aconsejable ponerse al pairo del aire holandés.