Iglesia de Los Padres, en Avilés. Imagen: Maia Rozada.

El vecindario de San Nicolás

Gonzalo Barrena.

Hay pocos términos tan propios del noroeste como el el de parroquia. Tanto en griego, como en latín, y también después en las lenguas romances, la palabra apunta al vecindario, es decir al residente cercano que por oficio o beneficio se arremolina en un territorio común. El templo de San Nicolás de Bari, que pasó a nombrarse hasta hoy como la “Iglesia de Los Padres”, fue parroquia en el Avilés románico.

La construcción del siglo XII se reduce exclusivamente a la fachada: sin espadaña, sin naves laterales, sin góticos y demás anexos que fueron aterrizando en torno a la nave original. Los dos arcos románicos, el de la puerta y el que está encima del tejadillo, con las columnas y sillares que los contean, y algunos otros restos en el interior, son lo que queda de aquella sociedad medieval que se organizaba por proximidad. En Las Asturias medievales, las parroquias rurales se establecían sobre suelos ganaderos, pero en las villas la cosa iba por barrios. O por oficios, que en el caso del burgo avilesino serían principalmente de comercio. Es así que la parroquia de Los Padres, como se la conoce ahora, en su día amparó a una clientela de vecinos experimentados en curtir, tintar o trasegar los bienes que llegaban a puerto, entre ellos ciertos modos de construir.

El estilo con el que se levantó la iglesia de San Nicolás, el santo milagrero, cundió en aquel Avilés, pues en lo que queda de la iglesia de Los Corros (en Versalles) se ve que el masón aplicó la misma plantilla. Nunca hubo nada nuevo bajo el sol y desde que el ser humano razona, replica los éxitos. Lo que sí es un milagro es que haya pervivido el rastro de la belleza después de siglos y cataclismos en la periferia de Avilés.

Como lo es también que, compartiendo espacio, llegase casi hasta hoy el Bar Dulcinea, el que disfrutamos al filo de los 70 ataviado con armaduras añorantes. En plena eclosión industrial, la Edad Media se mantenía tan real como imaginaria en la plaza avilesina de Carlos Lobo.