A lo largo de estos días, han aparecido en prensa y redes varios testimonios sobre Celso Fernández Sangrador. Todos ellos escritos con la cabeza y el corazón justamente uncidos en memoria de quien conocí, siendo un poco más niño que él, despachando hielo en barras, tan mágico y tan real como el de Cien Años de Soledad, cuando comienza la novela.

Todos los textos sobre Celso de estos días llevan en andas su recuerdo entre los lectores, en un acompañamiento aún mayor que el de su despedida, el 18 de marzo de 2024, en su Macondo de Cangas. Las letras escritas en su honor, fijarán su recuerdo indefinidamente, pues los nombres sobreviven a las rosas.

Entre tantas impresiones justas sobre él, una frase de Alejandro Roxán retorna de su pérdida con un recuerdo certero: “Celso orbitaba alrededor de nuestra alegría”. La calidad humana no se mide en apariciones estelares sino en el don de acompañar la felicidad de los otros, en pinza, en sonrisa o en calle. El segundo plano es la residencia de los buenos, un lugar que en Atenas o en la aldea se reservaba a los sabios, que son los mismos. Compartía ese lugar, tan discreto como benefactor, con pares como El Mole, así como su incapacidad para el mal.

La segunda imagen que conservo de él es de 1984, recién aterrizado en el Instituto. ¿No conoces Vega Redonda?…vamos en un momentu. Y salimos de la terraza rampantes, como se hace con treinta años arriba o abajo. Y volvimos con luz. Y recuerdo aquel paseo, tranquilo y de otoño, como un signo de su bondad, consistente en acompañar siempre, como se dijo, la felicidad cercana. Que también lo era suya.

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Gonzalo Barrena, El Fielato (versión digital) 19 de marzo, 2024.