Pote asturianu.

El Fielato, 21 de enero, 2025.

Pote y pantalla

Gonzalo Barrena

El invierno cerrado y los días de cabaña invitan a repensar las recetas antiguas, cuando los recursos eran tan moderados como sabrosos.

En el huerto de los meses fríos, aguantan las berzas. Mientras, iban curando al humo los chorizos de sábado, a cuya tripa se apurría todo el sobrante en estricto cumplimiento del axioma campesino que manda no tirar nada, y en la idea de que la rueda del año tiene más días que carne. Todo se encaminaba al máximo aprovechamiento en aquellos tiempos sin bolsas de basura, pues no había nacido el plástico y la materia perecedera nunca llegaba a tal: una corte de gallinas, cerdos, perros y gatos anulaba desde el inicio el concepto de residuos orgánicos. A la casería nada le sobraba que se pudiera comer o quemar, y la basura era más bien asunto urbano.

Otra cosa era la carta reducida de los hogares, donde “les doce, el pote o les jabes” operaban como sinónimos. Así era como, en los días rigurosos, se ponía coto al hambre con los combinados patrios.

Es verdad que los llares o las cocinas de jierru, con las cazuelas gorgoritando al trán-trán y la tapa a sobresaltos, conseguían un sabor hoy casi inalcanzable; pero salvando las distancias, si se consiguen berzas de hoja turgente, el compangu debido, cuatro jabes y un fuego domesticable, el plato señero está al alcance de todos los que teletrabajan.

De modo que hay un colectivo neo-casero que cuando deja el ordenador, se levanta y curia el pote, sirve a dos amos. El cerebro maquina, sí, pero también descansa desconectando, y se refresca activando sus partes más antiguas, las que rigen el olor y el sabor, por ejemplo, habida cuenta de que las pantallas no son competentes en ciertos sentidos.