Magnolias de invierno sobre la fachada del teatro. Imagen: Maia Rozada.
La Nueva España, 16 de marzo, 2026.
Ya es primavera en el Palacio Valdés.
Gonzalo Barrena
Hay algo falso y algo esperanzador en todos los seres que se adornan. La primavera tiene ese algo de impostura, por un lado, y de reenganche anual con la vida, por otro, como los magnolios de invierno que resplandecen ya semanas antes del equinoccio.
La fachada del Palacio Valdés -neobarroca- comparte esa música falsa de los estilos que comienzan por “neo», aunque no todo lo que revive cosas de otros tiempos tiene igual suerte. La estética que impregna la Iglesia nueva de Sabugo, neogótica, o la residencia en Mar-a-Lago de Donald Trump, neorenacentista, son de una calidad discutible.
Por el contrario, Del Busto, el arquitecto, maneja el arte de asomarse al pasado con destreza, empotrando en la antigua Calle Siglo XIX de Avilés, hoy con el nombre del escritor, el Teatro dedicado a Armando Palacio Valdés.
Cuando a Roberto Begnini (La vida es bella, 1997) le preguntaron por la mejor herencia que había recibido de sus padres, el actor-director respondió: “una infancia difícil”. En esa dificultad, en este caso arquitectónica, emplazó Manuel del Busto un teatro hermoso, que disimula con la fachada lo que es el flanco del espacio. El arquitecto encajó entre dos medianeras el vestíbulo, el patio de butacas y la escena, tres piezas distintas tras una misma cara exterior. La bella fachada suma a la falsedad natural del neobarroco, el engaño arquitectónico de ponerse la careta de lado.
Por otra parte, el componente esperanzador que el Teatro Palacio Valdés comparte con la primavera, reside en la naturalidad del adorno. La tendencia a comparar las construcciones modernistas con “bomboneras” es un tanto frívola, porque tales cajas y su contenido son efímeros, mientras que el ritmo y movimiento del teatro avilesino persisten más de cien años después, embelleciendo una calle de por si poco franca. Del Busto resuelve certeramente su reducido margen con el juego en fachada de tres volúmenes, que avanzan y se retiran de la calle enriqueciendo la perspectiva.
A su modo, lo mismo consiguen las moderadas magnolias, aún desnudas de hoja, que teatralizan el fin del invierno sobre la fachada del odeón.