Dunas de El Espartal, Castrillón, Asturias. Imagen: Maia Rozada.
La nueva España, 30 de marzo, 2026.
Las dunas y el tiempo
Gonzalo Barrena.
Hijas del viento y de su levedad, las dunas de El Espartal entre San Juan y Salinas han llegado hasta el presente de milagro. Sorprende que esa formación alongada entre los pinos y el mar haya resistido acometidas desde los cuatro puntos cardinales.
Las dunas de El Espartal han soportado el urbanismo gauzón por el oeste, la distopía industrial a estribor y, al sur, un sin dios de carreteras, ferrocarriles y recintos de concierto imposible, mientras al norte sigue trabajando el mar, que suele dar tanto como se lleva. De ahí el milagro por el que sobrevive esa tierra frágil en la que todo son barloventos.
Aunque el asturiano tiene el nombre de sablera para referirse a la acumulación de arena, el nombre “duna” viene del norte, haciendo referencia a una elevación del terreno. En la España interior cuajó la palabra médano, que es árabe, para nombrar formas similares, como las pirámides de grano que pueblan en estación los campos de Castilla. En todas partes hay un babel de lenguas para responder a una geometría que se repite. En cambio, si los vientos, el mar y la tierra insisten en ese tipo de formas, se debe a que sólo manejan el esperanto de la Física, que es universal.
Desde 2006, una ley providencial distingue las 44 hectáreas de El Espartal con la palabra pretenciosa de “monumento”, consagrando la protección del lugar. Menos mal. A veces las leyes se alinean con los astros y se salvan cosas de la vorágine, como el cordón dunar al que sujeta de modo tan natural una vegetación de justa etimología, las “ammófilas”, o hierbas que “aman la arena”.
También nosotros la amábamos a comienzos de los 70, cuando nos posábamos en invierno sobre las dunas con abrigos largos, risa perpetua y un tragadiscos del que salía música de La Credence, hollando aquel espacio completamente ajenos a su fragilidad. Entonces eran nuestros el tiempo y la arena inagotable, que se escurría entre los dedos de la mano como los días infinitos de la juventud.
Debí tirar más fotos, como dice Bad Bunny.