El Fielato, 22 de abril de 2026.
Los escolares
Gonzalo Barrena.
En cualquier parte del mundo, los escolares.
Tiene dos momentos la mañana: cuando se despereza la vida en las ciudades -uno- y en esas horas donde dobla el día camino de la tarde -el otro- en los que de algún modo se parecen unas a otras las sociedades. Entre ambos, toman café las personas mayores, descansan algo sus cuidadores y entran en órbita todos los seres que trabajan. Las calles se pueblan de silencio infantil y únicamente los patios de las escuelas se hacen eco de la algarabía. Extramuros, cada villa tiene su paisaje, independientemente de la geografía, que tampoco se repite, pues el planeta se organiza cada día en infinitos mundos distintos.
Otra cosa ocurre en esos dos momentos de “llugata”, cada jornada escolar, en la bocana de los Colegios. A la mañana, semi-despiertos, van tropezando los rapaces camino del martirio. No saben que sólo ellos y a sus edades, se puede soportar que te descerrajen cada día seis turras seguidas de cincuenta y cinco minutos. No saben que, en medio del sinsentido, hay profesores que cuentan algo por vocación y que, en cierta medida, la existencia consiste en acompañar a tus iguales y educarse entre todos. Ojalá placenteramente.
Anteayer, vi de nuevo esos cuerpos universales, ellas con aparato, melena y ropa a favor de las olas, y ellos, con media cabeza despejada de pelo, como si fueran brócolis, alineados con el corte bizarro que los futbolistas lucen cada temporada.
Pero eso apenas cuenta al lado de las risas y los saltos, las carcajadas si a alguien le vuela la carpeta, los minutos que se estiran infinitamente antes del timbre y la mochila a reventar de libros, emociones y tiempo futuro.