Imagen: JJ Harrison (Wikipedia)
El Fielato, 1 de abril, 2026.
La oca
Gonzalo Barrena.
El Puente Romano y el río, con el Pierzu de fondo, componen una de las escenas más fotografiadas de Asturias. Los disparos de las cámaras protagonizan la visita y, entre poses y morritos, no se percibe bien la realidad del sitio, inmensamente hermosa por lo general, y cruda en momentos, como en las avenidas. La naturaleza nunca se apiada; compadecerse es una debilidad humana.
La sucesión de instantes que reproduzco aquí me la traslada un antiguo alumno, que vio bajar entre los rápidos, zarandeándose bajo el puente, una bolsa blanca. Enseguida, por el tipo de movimientos y el cuello, que de tanto en tanto emergía del agua, vio que se trataba de una oca. El cuello de las ocas y su graznido definen al animal, que los franceses crían a cuenta de un fuagrás obtenido por métodos inconfesables. Ahí sí hay una cuestión de principios.
La oca bajaba con el agua y sumergía bruscamente el cuello, como queriendo pescar, pero cuando llegó con la corriente al pie del puente nuevo, el episodio se volvió sobrecogedor: en una de las sacudidas, como un broche negro prendido al cuello de la oca, asomaba la cabeza del depredador.
Las nutrias son seres de agua ya desde el nombre, y la pareja de “llondries” que se deja ver en el entorno del Puente, caza y pesca sin contemplaciones, con esa ausencia de moral que envuelve los actos naturales. La humanidad, en cambio, tiene obligaciones éticas y cada vez está peor visto maltratar a los animales; o despellejarlos para abrigarse, como se hacía tradicionalmente con las nutrias.
Por eso resulta tan chocante que, a dos siglos de Kant, se aleje su “paz perpetua”, cunda la sinrazón bélica y gobiernen el mundo impunemente los genocidas.