Sepulcro de Armando Palacio Valdés en el cementerio municipal de La CArriona, Avilés. Imagen: Maia Rozada.

La Nueva España, 7 de septiembre, 2026.

La Carriona: el paraíso perdido

Gonzalo Barrena

En el decir de Lucía García González (El Cementerio de La Carriona, Letrame Editorial, 2020), algo pasó a mediados del XIX, que provocó un cambio en el modo de entender las tumbas. Comenzaron a percibirse entonces como “morada eterna”, en lugar de un mero paso en ese viaje incierto que comienza en la estación de la muerte.

Al nuevo modo de entender los sepulcros contribuyen varios factores: el crecimiento de la población, el romanticismo del momento y, en el caso de Avilés, la bonanza que sopla a finales de siglo muñida por indianos, comerciantes y nuevos industriales en la ciudad. La autora, en su “aproximación a la historia y arte” del camposanto, señala que la intención se fragua tiempo atrás, desde la “teoría miasmática de la enfermedad” (siglo XVII) y la razón ilustrada posterior, que saca los cementerios de las ciudades. Cuando el poder quiere imponerse, siempre acude a motivos de higiene y salud pública, sin reconocer que en el fondo es él -por sus desmanes- quien los provoca.

Y así nació, un poco tarde, el cementerio municipal de La Carriona, con un nombre extractor: en la villa, decir que alguien “fue pa La Carriona”, con esa doble “erre” sobre la que ruedan todas las carretas del mundo, ya indica que ha sido evacuado del terreno vital.

Sin embargo, y a pesar de un topónimo tan fulminante, el cementerio municipal de Avilés hace algo muy propio del XIX, intentando “domesticar” la muerte y su efecto arrebatador. La persona no se va del todo y el sepulcro se consolida como última morada. El camposanto se convierte así en un jardín donde los cuerpos descansan, a la sombra de una vegetación tranquilizadora y de una serenidad interrumpida únicamente por el canto de los pájaros.

El Romanticismo se apoderó de los nuevos espacios y lo sembró todo de nostalgia, ese cabo suelto con el que uno se quiere agarrar a lo que ya está perdido. En el sepulcro de Palacio Valdés, la expresión de Demetria, la aldeana de Entralgo, extiende hacia el infinito esa sensación tan avilesina, tan aristocrática, de los paraísos perdidos por la industrialización.