La Casa de la Baragaña: una lonja de mercaderes en el Avilés medieval. Imagen: Maia Rozada
La Nueva España, 28 de septiembre, 2026.
La casa de los dilemas
Gonzalo Barrena.
La casa que aparece en la imagen viene envuelta en un ramo de interrogantes desde la Baja Edad Media. Empezando por el siglo, los historiadores bailan su construcción entre el XIII, del que tiene trazas, el XIV, como más probable, y el XV, del que no pasaría su nacimiento.
Otro de los enigmas que rodea la singular arquitectura reside en su función. Ella, la casa, tiene cara de “lonja”, una palabra de origen francés que nombra el sitio en el que se reúnen los mercaderes. En el tráfago del puerto, en el comercio del que hablan los fueros antiguos y en el nombre de las calles que la circundan -Ferrería, El Azogue o La Fruta- así como en la pura intuición, que es universal, hay muchas razones para pensar que su dueño comerciaba en el piso de abajo y vivía -como un rey- en el superior. Los reyes de Navarra, en Estella, habitaban una construcción de porte mucho mayor pero con un soplo parecido en cuerpo y ventanas. A Estella por el Camino de Santiago, y a la villa de Avilés por la embocadura de su puerto, llegaba un aire francés que se dejaba caer sobre la factura de sus edificios.
No obstante, el interrogante mayor que merodea el espacio versa sobre el nombre: la construcción duda en llamarse “Palacio de Valdecarzana” o Casa de la Baragaña”. De nuevo la oposición entre un apellido notable y un topónimo vulgar -de vulgo, sí- reduplicado en la geografía campesina, donde “baragaña” nombra la pequeña vara de tierra o suerte en esa lotería de la propiedad cantábrica que se llama minifundio.
En el Diccionario Geográfico de Pascual Madoz, elaborado durante la primera mitad del siglo XIX, el edificio medieval aparece mencionado como “Casa de la Baragaña”. En los asientos modernos de la propiedad, se atribuye al marquesado de Valdecarzana. En cualquier caso, hace siglos que las casas solariegas operan como fondos buitre, haciéndose con el suelo de todos por su cara bonita y poder. De ahí que, a la hora de elegir, vuelva la universal contraria: someterse al apellido del señor o devolver a la tierra-baragaña, por lo menos, el derecho de nombrar.