Playa de La Marina, Gozón, Asturias. Imagen: Maia Rozada.
Lo pequeño es hermoso
Gonzalo Barrena.
Rasca el mar y se la lleva -la arena, digo- porque las fuerzas naturales hacen lo que quieren con lo suyo, aunque tendamos a pensar que somos dueños de casi todo el planeta. Después, cuando alguno de los meteoros estremece el tablero en que juega el hombre su partida, se abarrotan los noticieros. La información generalista consiste en escandalizarse con los grandes fenómenos y desatender los pequeños.
La marina de Gozón contiene el cabo de Peñas y muchas otras pequeñas cosas. La costa se agrieta de acuerdo con las leyes de la Geología, alumbrando un rosario de formaciones interesantes en esa linea de contacto que lleva el nombre de ribera. A ella se arrimó el ser humano desde antiguo para rebuscar alimento con sabor a sal entre las rocas, o para extraerlo a cebo y sedal al otro lado de la rompiente. El baño y el sol contribuyeron también al atractivo del litoral, como esos recursos que dios o la casualidad ponen en manos de la infancia para su disfrute.
Pero cuando las ciudades comenzaron a capitalizarlo todo, las sableras, que habían quedado fuera de foco y consumo, se convirtieron en un salvaje oeste de urbanización y tráfico de veraneantes, amén de su uso proletario puesto que la playa siempre fue barata. Los chiringuitos, casetas y tumbonas, junto a toda la panoplia de sombreados, poblaron esa Normandía de masas en la que desembarcaba la España post-rural, a la conquista del metro cuadrado de arena. Desde entonces, las ensenadas pasaron a llamarse beach, como si todas fueran Malibú, y la aproximación al “trending-mar” cobró una penosidad que, muchas veces, no pagaba el baño.
Sin embargo, siempre quedaron al albur de la gente no gregaria, esas entradinas que los catalanes llaman caleta, doblemente hermosas por pequeñas e inesperadas, y cuya oportunidad ha de buscarse con la lente de quien prefiere las caras sin maquillar y rehuye las aglomeraciones.
Y ahí es donde, entre la tierra y el mar de Gozón -sobre playas que nunca lo son del todo- la marea y el tiempo tatúan pequeños espacios de belleza singular.