El Fielato, 25 dic 2019

Gonzalo Barrena.

Esculucar
A mediados del siglo XX, en gran parte de Asturias aún era siglo XIX. Franco educaba en vintage, el país se reponía de su guerra y toda la península olía a alcanfor. Sólo la infancia conseguía vislumbrar otros mundos. A Cangas de Onís, villa rural, llegaban compañías que desprendían polvo de estrellas para los ojos de los niños. No había espacio real que brillase como aquel, taconeado singularmente por artistas que bajaban titubeando del furgón, cargadas de maletas y perchas.

Las actrices llegaban a cara lavada, pero el peinado y los modos tenían un algo, no sé, algo que las elevaba sobre el suelo que pisaba el resto de las mujeres, hecho entonces de tierra y caminos sin asfaltar. El halo de perdición que las rodeaba las distinguía aún más: ni esposas, ni madres ni mozas en pose de romería. Aquellas eran otra cosa, quizá mademoiselles.

Por eso, los críos de entonces, con pelo rapado y calzón, se aprestaban a imaginar más que a contemplar aquel mundo fatuo. Arracimados bajo un portón que cerraba a quince centímetros del suelo, esculucaban los tobillos de la realidad. En la estrecha banda se proyectaba toda una película: allí restallaban los tacones durante el ensayo, surtían risas de mujeres alegres y música profana. Brillaban las hebillas, el charol, las medias perladas y, pierna arriba, bajo el vuelo de la falda, el mundo, el demonio y la carne advertidos en las homilías.

Una realidad precaria, de posguerra, azuzaba la imaginación, y por aquella ventana rasante los rapaces atisbaban la utopía. Medio siglo después, a las puertas del Cine Park -hoy supermercado- los críos esperan a las madres amansados por las pantallas. Están perdiendo la capacidad de espiar.