Vías, puentes, cúpulas y grúas en la ría de Avilés. Imagen: Maia Rozada.

La Nueva España. Lunes, 19 de enero, 2026.

Entropía

Gonzalo Barrena.

La ría de Avilés es una balsa alongada y suave en ese perfil cantábrico hecho a medias entre la tierra y el mar. Podría decirse que la Historia Natural es caprichosa, por ese quiebro y hendidura que aprovecha el agua, pero siempre está gobernada por la razón física y las grandes cifras, pues el tiempo no actúa atropelladamente. La ría, cuando nació, dejó a diestra y siniestra dos orillas hermanas y un paisaje homogéneo. Fue la soberbia industrial, cuando apareció, la que desafió la razón antigua de la Geografia. Desde entonces, el desorden persevera.
Cuando Tolstói comienza “Ana Karénina” escribe: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; (pero) cada familia infeliz es infeliz a su manera”. Valdría la sentencia para cada una de las márgenes de la ría de Avilés, pues la desgracia que padecen ambas es desigual. La izquierda, mirando al mar, acusó el desarrollo urbano; la derecha, el efecto puro y duro de la acción industrial, pero no es fácil determinar qué felicidad espera a cada una de las orillas.
En la «riviere gauche», a efectos puramente geométricos, la especulación impuso sus leyes salvajes, y el urbanismo ha venido paliando, como pudo, los desmanes de cuando Franco. Hoy, notarías y registros hacen orfebrería con los metros cuadrados que quedan al oeste de los determinantes: ría, muelle y ferrocarril. En mitad del agua, la semiesfera blanca y su torre ocupan la cabecera del estuario. Desde el inicio parecen estar a la espera, como aguardando algo, mientras al otro lado de la ría, sobre la margen derecha, continua reinando un dios menor.
Lo curioso es que la acción humana sobre el conjunto, en lugar de aportar orden o reconfiguración, ha intervenido en la entropía del sistema, entendiendo aquí el concepto físico en su sentido más perverso: aleatoriedad, desorden y derroche. El entuerto en la ría es tal que ya casi supone un desafío para los urbanistas que están por nacer, pues quienes están en ejercicio han manifestado sobradamente sus limitaciones.
Allá en el fondo, las grúas, herederas y heredadas del SigloXX-Cambalache, certifican esa esperanza.