El asturiano
Gonzalo Barrena.
Los rapaces acaban la Secundaria sin haber estudiado suficientemente -o nada- el asturiano, y sin hablar ni entender el inglés, a pesar de las horas que, curso tras curso, nos depara el vasallaje al mercado anglosajón.
Los detractores del asturiano reprochan el coste de la oficialidad/enseñanza, como si aprender latín, literatura o polinomios, saliera gratis al contribuyente. Y cuando se argumenta que su enseñanza y materialización resultarían inútiles y gravosas, se omite que lo más caro y absurdo en la educación actual es el esfuerzo dedicado a rellenar cientos de páginas falsas que se hacen pasar por documentos pedagógicos.
Es cierto que el inglés, o más bien esa jerga que se hace pasar por tal, resulta útil para desenvolverse en los aeropuertos o para comprar cosas en los zocos digitales, pero el asturiano es imprescindible para establecer un diálogo correcto con el paisaje y la historia de esta nación piquiñina sobre la que caminamos. Con parecido suelo y pasado, los gallegos y los vascos han registrado debidamente la herencia recibida, mientras nosotros hemos salido en esto más parecidos a los de Santander.
Llevamos demasiados años naguando por la oficialidad frente a una casta que disimulada o explícitamente comparte el objetivo de evitar que prospere. Los diputados anti-asturiano nunca dicen que lo son, pero se reconocen en las votaciones, siempre contrarias al derecho a estudiarlo o hablarlo, a la obligación pública de entenderlo y a la necesidad de protegerlo en común.
Entretanto, un caudal de conocimiento devola vertiginosamente tras la cortada del olvido, escaeciendo lugares, saberes inadvertidos, expresiones certeras y todo un valíu de recursos que se mal pierden como cuentu-risa en el albañal de la política.