Entrada a puerto, Avilés. Imagen: Maia Rozada.
La Nueva España, 16 de febrero, 2026.
La bocana y el marinero
Gonzalo Barrena.
Avilés es una pequeña ciudad comercial con el alma partida por su condición de puerto, cuyo trasiego económico ocupa la mayor parte del álbum pero no agota su identidad. Avilés está tatuada en dos por la geografía.
Y justo ahora, cuando el mundo se divide en mitades simples, como si todo fueran hinchadas futboleras, conviene fijarse en espacios de frontera, donde no se puede construir templo alguno porque la dominante es el paso. Si acaso, espigones o luces que faciliten el tránsito a los marineros, los únicos bilingües en el viceversa.
Ya en el muelle, su trajín en cubierta llama poderosamente la atención. Son gente que viene del otro lado, cargada de género que falta en este. Simétricamente, cuando una tripulación se activa para zarpar, despierta un algo entre quienes siempre duermen en casa y no tienen diccionario que explique las palabras del océano. En cambio, esos hijos del sol, los marineros, manejan con soltura ambos lenguajes, el de tierra, que siempre es local, y el esperanto universal que va y viene con la marea. Por eso son ellos quienes conocen bien a qué sabe cruzar en uno u otro sentido la bocana del puerto.
Ese modo especial de sentir guarda relación con la percepción del piso. En la ciudad no se calibra su firmeza porque se habita continuamente, mientras que en las lanchas, de la bocana hacia el porvenir, las piernas del marinero nunca reposan. A bordo de una tablazón viva y envuelto en una gravedad discutible, el cerebro de un cuerpo que navega siempre está en acción. Son las reglas de un juego donde el equilibrio forma parte del oxígeno, pues en la trayectoria indeterminada que separa la pesca y la rula, la atmósfera no tiene suelo.
En el vocabulario de Tazones, hay una palabra que recoge la factura que se paga por ese tráfico: mareaxe. Nombra la sensación del marinero que, de vuelta, cruza la bocana, atraca, amarra y salta sobre las losas duras del muelle. Incierta y desasosegante, no hay otro modo de resarcirla que en el espacio de descompresión de una taberna.