Santu Medé, Pimiango, en la espesura.

El Fielato, 18 de febrero, 2026.

Ver o mirar

Gonzalo Barrena

La palabra “posarse” se ajusta como un guante al paisaje cantábrico, pues su relieve esta hecho de infinitos pormenores para aliviar, de vez en cuando, la penosidad de los recuestos. De ahí que surtan por todas partes, breves llanos, troncos o lloses, brindando asiento a los seres que caminan. Otra cosa ocurre a las aves, que eligieron el aire para desplazarse y emplean salientes para interrumpir el vuelo, como si hubieran perdido la confianza en el suelo y se limitaran a tocar con las patas alguno de sus extremos. El milano que pude contemplar se dirigía decididamente a lo cimero de un poste de telefonía.

La observación es un arte antiguo, y lo practica tanto el hombre de ciencia como el pastor, pues  se trata de una operación sutil que “les renta” a ambos, como dicen hoy los jóvenes, acostumbrados a que no les paguen mucho por su tiempo. Quienes trabajan con imágenes también cultivan la contemplación, que consiste en pararse a pensar con los ojos, antes de volcar sobre el lienzo o el ordenador el resultado de la percepción.

Cuando el milano llegó a unos dos metros del poste, se dejó caer un poco, batió las alas después para templar el acercamiento y, prácticamente detenido en el aire, estiró las patas a la cabecera del poste. Cerró entonces las alas y torció el cuello con los ojos dentro de la mirada, como hacen las aves que observan antes de cazar.

No é solo mirar: para ver hay que fijase. El pastor que lo dijo apuntaba a dos rebecos lejanos, apezuñados en un canto como si fueran aves, en la quebrada que se desploma por el norte sobre el Valle de Angón.