Recogiendo la manzana, de Nicanor Piñole (Gijón, 1878-1978). Museo de Bellas Artes de Asturias.

9 de septiembre, 2026.

El 21-Asturias.

Llamando a andecha

Gonzalo Barrena

L’andecha y la sextaferia tienen orígenes distintos, aunque vienen a coincidir en lo que nombran: esos paisanos y mujeres que se van juntando para atender a tareas que requieren mano común.

“Andecha” viene de “indicta”, señal que se daba por voz, cuerno o campana llamando a la colaboración vecinal. “Sextaferia” alude al día de la semana que, antes del domingo y descanso, se empleaba en beneficio público. Así se organizaba la aldea -cuando no le quedaba otra que tirar de si misma- en la prehistoria de los servicios institucionales. Pero hoy, en los ayuntamientos y en el estado en general, van raleando los recursos, y la asistencia no llega a tapar los baches, físicos o de los otros, que asoman por cualquier parte que mires la aldea.

Por otro lado, los pueblos están experimentando una profunda transformación: el repliegue de la población campesina se alterna con un nuevo vecindario de origen urbano, que no siega a guadaña ni ceba ganado, y ajardina los derredores de las casas con máquinas de cortar el césped. Las “casas de aldea” alojan a vecinos siempre cambiantes, y muchas de las otras son ocupadas por sus dueños en fines de semana o vacación. El resultado es la fragmentación del sentimiento de pertenencia a una comunidad vecinal, a un pueblo que es de todos y que, de vez en vez, necesita mantenimiento. Como también se empieza a echar en falta la figura de un “alcalde de barrio o parroquia” que acierte a canalizar las necesidades generales.

Con todo, tanto los nuevos residentes como los oriundos recibirían de buen grado “la llamada a andecha”, una medicina social que restaña a un tiempo las fracturas del clima y las de la existencia. Después de cualquier tarea en común, cuando la gente se echa una mano y todos se ponen cara, merman las diferencias, crece el entendimiento y se extiende entre las casas un bienestar compartido que trepa los muros y alcanza por igual a propios y extraños. Posiblemente al término de una andecha fue cuando alguien dijo aquello de “¿Quién es tu mejor hermano?: el vecino más cercano”.

¿Qué nos falta para volver a descubrir lo que ya existió?. Pues una ley asturiana que ampare los gastos y los daños que se puedan causar durante l’andecha, pues la responsabilidad civil y el miedo a que alguien se manque no pueden ser paralizantes. Y también se necesitan ayuntamientos que espabilen a apurrir maquinaria y coordinación donde sea menester, porque en Asturias hay ejemplos para todos los gustos: hay alcaldes y concejales que saben tomar el pulso al pueblo y ejercen con decisión, y hay también corporaciones enteras que viven políticamente atechando entre mandatos.

Una nueva ley de andechas está esperando en la carpeta de tareas pendientes de Asturias.