El jardín francés, en el Parque de Ferrera. Maia Rozada.
La Nueva España, 13 de julio, 2026.
El jardín como tregua
Gonzalo Barrena.
El concepto “arquitectura del paisaje” es un asomo más de la soberbia humana, porque la naturaleza no necesita arquitectura: la tiene de por sí. Otra cosa es el desorden infligido en ella por la barbarie. De ahí que el paisajismo o la jardinería, cuando actúan sobre los mundos naturales, lo que realmente persiguen es atenuar los daños.
Ocurre también en el fútbol: el campo de juego, en los estadios, atrae por su carácter reparador. El propio deporte genera consenso universal porque resume el mundo en un rectángulo, y divide el tiempo en dos cajas simples de minutos contados. Así que la jardineria cortesana y el fútbol resultan atractivos por el efecto tranquilizador frente al bosque y la existencia, habitualmente inquietantes. En ambos casos, la geometría sale al encuentro de la ansiedad.
El arriate de Ferrera también es una ventana a otro mundo, aunque haya nacido como una propuesta afrancesada frente al desafío de lo salvaje. A las monarquías europeas siempre les gustó podar, pues recortar la desigualdad de un seto o descabezar al pueblo son variedades distintas del mismo arte. Eso se hizo siempre con el boj y las masas, a las que nunca se les permitió pasar de vegetación arbustiva. Aquí y ahora, curiosamente, la población se solaza entre los parterres. Dios escribe socialismo con renglones torcidos. En el pequeño paraíso de Ferrera, la gente puede demorar su tránsito. Ante el peristilo que encamina el paso, la vegetación que brota en el vientre urbano suple el aire y entretiene los días de la ciudad, volviéndola más humana. Toda una suerte en mitad de su laberinto.
Porque, aunque en los espacios naturales los pueblos se asientan bajo la razón agrícola, se plantan huertos, se urden arquitecturas y, donde procede, se ajardina la vegetación, el bosque y el capitalismo no son lo mismo: la entropía urbana o industrial son adversarios feroces de la humanidad, que sobrevive a si misma en los intersticios. En esa guerra, el orden de la vegetación que -por arte de jardineras y jardineros- se consigue en el parque de Ferrera, supone toda una tregua en la sinrazón.