Sablera de Arnao, con el pueblo al fondo. Imagen Maia Rozada.
La Nueva España, 3 de agosto, 2026.
Arnao mutante
Gonzalo Barrena.
Las parroquias de Salinas y Samartín de L’Aspra están divididas por una línea que separa el mundo de los baños y el de la industria. El túnel que comunica los dos mundos, sobretodo cuando vomitaba locomotoras lentas, fatigadas por una reata de vagones rumbo al puerto, sobrecogía a los niños, conscientes de que al otro lado del monte no había vacación. Como en la película “Stalker” (Tarkovsky, 1979), un meteorito del Devónico parecía haber impactado en “La zona”, al otro lado del túnel.
La propia playa de Arnáu, a desmano de autobuses y más aún del tren, quedaba al albur del proletariado residente, desahogada de masas por otras dos razones: el trabajo en el metal y sus vapores, por un lado, y el hecho de que pocas geografías cantábricas pueden competir con la alianza de arenas entre Nieva, Salinas y El Espartal. La sablera de Arnáu quedaba así al margen de la comarca avilesina, en ese recodo de Castrillón dedicado a extraer carbón en sus inicios o a oxidar zinc durante la segunda mitad de su historia.
A efectos de paisaje, el resultado local es el que se repite sobre tantos suelos asolados por la industria o mangoneados por el uso militar: miles y miles de metros cuadrados a la espera de una desamortización que los vuelva humanos. Al riquísimo conjunto de Arnao ese destino le llegó ahora, entrado el tercer milenio, con un ramo de flores posindustriales que convierten el sitio en un paraíso de la interpretación. La mina con su castillete es la “creme” de la visita, pero también el paisaje histórico de fábrica y clases (sociales) plagado de valiosas arquitecturas, al borde de los acantilados de luz mutante que tan bien ha sabido abstraer el pintor de nombre seguido, Jesusangel.