Ancla del buque «Habana», anteriormente «Alfonso XIII», en el Museo Philippe Cousteau, Salinas. Imagen: Maia Rozada.
La Nueva España, 2 de marzo de 2026.
El ancla del “Habana”
Gonzalo Barrena.
En el insólito Museo de La Peñona, en Salinas, descansa un ancla aportada por el Ayuntamiento de San Sebastián. Perteneció al tercer buque nombrado “Alfonso XIII”, botado en 1920 y desguazado en el setenta y ocho, después de varias décadas de singladuras. Curiosamente, las fechas de la placa no coinciden con la historia del barco, accidentada y episódica ya desde el principio.
El nombre del rey -Alfonso XIII- decayó cuando el monarca perdió la corona, pasando a llamarse “Habana” a partir de 1931. Y así continuó navegando, principalmente a ultramar, hasta que estalló la guerra de España. En 1937, fue requisado por el Gobierno de la República y convertido en buque-refugio, acogiendo a la población civil estrangulada en el País Vasco por las tropas de Franco. Miles de niños fueron evacuados a Francia, Inglaterra y la URSS en el Habana, que acabó quedando atracado en Burdeos hasta el fin de la guerra.
Recuperado por el gobierno español en 1939, operó como carguero primeramente, como mixto de pasaje y carga después, y como buque frigorífico de Pescanova, rebautizado como “Galicia”, hasta su desguace en Vigo en 1978, con lo que el desacuerdo de fechas puede guardar relación con la metamorfosis de la nave.
Con uno o con otro, el viaje de mayor embarque para el Habana fue el de Santurtzi a Pauillac, Francia, emprendido el 13 de junio de 1937 con más de cuatro mil niños. De ellos, unos mil quinientos proseguirían viaje hacia Rusia en el buque Sontay. Era una de las dos evacuaciones masivas -la otra partió de El Musel en septiembre- de los conocidos como “Niños de Rusia”, los casi 3.000 pequeños, de entre 4 y 14 años que fueron evacuados con la intención de librarlos de las bombas, mientras concluía la guerra, y cuyo exilio se prolongó veinte años para la mayor parte de ellos. Andrei Tarkovski, en su película “El espejo” (1975), incluye imágenes desgarradoras sobre la partida de Santurtzi.
En el espacio museístico “Philippe Cousteau” de Castrillón, Asturias, el ancla del Habana opera como esos trozos de cerámica que recuerdan, con letras antiguas, las luces y sombras de una civilización.