El Fielato, 13 de mayo, 2026.
Dos antojanas
Gonzalo Barrena.
En casi todo hay dos modos distintos de entender las cosas.
Todo el oriente de Asturias se ha visto salpicado de casas bañadas en “sangre de toro y añil”, robándole la expresión al escritor-filósofo. Ese gusto tradicional de vestir las fachadas ha reverdecido con el turismo de aldea, espoleado por la necesidad de adecentar unas paredes demasiado castigadas por la humedad. Así, en el interior de los pueblos, enseguida comenzaron a aparecer arquitecturas lavadas, pintadas y en perfecto estado de revista para el visitante ocasional. Es el mercado amigos.
No obstante, cohabitan hoy dos tipos de antojana en la mitad oriental de esta nación que es alargada: las que tienen palo y chanclos a la puerta, ya muy pocas, y las que cuentan con el escudo nobiliario del turismo, con diferente número de llaves o estrellas, y completamente despejada su atmósfera de olor animal.
Si en unas el cuadro es pulcro, y resulta relamido hasta el felpudo, en las campesinas la rueda de las horas devora el día, mientras el paisano no da abasto a las tareas de una cabaña ganadera cada vez mayor, con una familia menguante. En una jornada -sin sobresaltos- no hay tiempo a iguar el ganado, componer el tractor, ahuyentar los bardos que brotan por todas partes, comer, descansar algo, y encima asearse para acudir a una reunión de padres. Y volver tan prestu para rematar el día campesino, con menos horas que llabores y una deuda sofocante de cosas que se van dejando. Como para ponerse a lucir una paré o dar aceite a los marcos de las ventanas.
Por eso es tan diferente la cara que dan al mundo las casas de vivir.