Laguna entre las dunas de Xagó. Imagen: Maia Rozada. La Nueva España, lunes 25 de mayo, 2026.

La carriciega de Xagó

Gonzalo Barrena

Algo tienen las zonas palustres que provocan desconfianza. Quizá esa naturaleza híbrida, entre la tierra y el agua, sobre cuya superficie incierta sólo viven descuidadamente los seres que pesan poco, como los insectos y las aves que anidan en los juncales. La levedad es un requisito en esos ecosistemas.

A la soberbia técnica de los humanos siempre le gustó poner proa a los humedales. Con el pretexto de la salud pública, las inundaciones o el aprovechamiento agrario, hay todo un muestrario de ataques a los escenarios lacustres. Algunos se quedaron en intentonas, como la que se cernía sobre Doñana, a punto de ser vampirizada en la España triste de Franco; pero en otros casos la voracidad paisajística acabó con verdaderos lagos, como el mexicano de Chalco, cuando el dictador Porfirio Díaz dio la orden de desecación a favor del asturiano Íñigo Noriega, que convirtió en hacienda su ambición. Es curioso cómo los dictadores se obcecan con los pantanos, tanto para construirlos como para desecarlos.

A pesar de todo, algunos humedales se preservan. Las lagunas que se respaldan contra los arenales de Xagó, son uno de esos escasos ejemplos de cosas que se salvan de la brutalidad. Su fondo cenagoso permanece inquietante y, en el camino que las flanquea, el topónimo “La Carriciega” ya avisa de esas plantas que aman las zonas tremosas, que quiere decir “temblorosas” en asturiano y en latín.

Como en los paisajes de Isaac Levitán, la belleza del sitio reside en la indeterminación. El  pintor ruso de finales del XIX llevaba al lienzo paisajes inesperados, poco académicos, en los que el estado de ánimo era un reto a medias entre el autor y el observador. Las lagunas de Xagó, con su soledad indefinida, con su escaso suelo, quizá estén al alcance tan solo del fotógrafo, del pintor o de quien guste de mirarse al espejo de los enigmas. El cuadro de Levitán “En el remanso” (1892) invita a esa umbría. La misma que, por otra parte, protege en las lagunas de Xagó a las pequeñas aves y a sus nidos, leves e inasequibles, en el cendal difuso de los carrizos.