Fachada norte del Palacio de Camposagrado, Avilés. Imagen: Maia Rozada.

La Nueva España. Avilés y comarca, 13 de abril, 2026.

Las dos caras del Palacio

Gonzalo Barrena.

Para los señores de Avilés, la magnifica arquitectura que se amuralla sobre el Parque de los autobuses, siempre ha sido un palacio, naturalmente. Para la burguesía comercial emergente en el Avilés industrial, era una ferretería, la de Los Castros. En ella se podía comprar de todo porque entonces nosotros éramos “los chinos” a uno u otro lado del mostrador. Con el siglo XXI, ya en manos públicas, la Escuela Superior de Arte sustituyó el metal duro por la estética; y terminado el primer cuarto de siglo corriente, las instituciones públicas privatizan su uso a favor del Grado en Enfermería ofrecido por la Universidad Nebrija.

A todos los varones de Llaranes nos educó también una fundación privada, la de los Padres Salesianos, de quienes recibimos tanta formación como hostias consagradas y, en menor medida, una buena ración de las otras también. Eran otros tiempos, ciertamente, y toda España comulgaba entonces con las ruedas de molino del franquismo. No obstante, nunca estudié ni aprendí tanto como en ese Colegio de curas bordeado por un parque singular, con piscina, y equipado con unos columpios tan bellos como peligrosos. Todas las situaciones tienen dos caras y el Palacio de Camposagrado, también.

La cara sur del edificio aparece en las reseñas como una muestra notable del barroco asturiano, lo que no significa necesariamente un acierto, como esas personas que, cuando se adornan tanto, pierden el atractivo suave de las realidades naturales. Todo lo que se retuerce y complica, como la fachada presuntamente noble del Palacio, es pretencioso e innecesario; y ése es el talón de Aquiles del Barroco.

Por el contrario, la cara norte, la que da al Parque actual, es mucho más hermosa. El Renacimiento, en cuyo aire se inspira, convirtió en un lema la naturalidad formal, y los nueve arcos escarzanos lo confirman: renunciar a la semicircunferencia, detener antes la curva, les confiere esa elegancia prolongada sobre el balaustre.

El contenido del edificio, como el alma de los cañones, depende de la carga que se introduzca en ella y del disparo, cuya suerte pedagógica aún está por determinar. Que la empresa privada, aquí, tire con la pólvora pública del rey resulta paradójico cuando menos.