Fachada de la casa de García Pumarino o «Palacio de Llano Ponte» en Avilés, Asturias. Imagen: Maia Rozada.
La Nueva España, 8 de junio, 2026.
Conservar la fachada
Gonzalo Barrena
“Sin osar, por tanto, llamarla un palacio, no es aventurado afirmar que aquella mansión había sido construida por una persona principal para su exclusivo uso y regalo. La circunstancia de tener sólo un piso, bien claramente lo decía…”. (Comienzo de “Marta y María”, de Armando Palacio Valdés).
El hijo de la avilesina Eduarda Rodríguez-Valdés publicaba en 1883 una de sus primeras obras. Se llegarían a vender de ella más de 15.000 ejemplares.
En plena Restauración, con una España en la que los caciques habían descubierto las ventajas de turnarse en las coimas, Armando Palacio Valdés aparcaba el ensayo y optaba por la crítica a través de la literatura. “Marta y María”, la segunda de sus novelas, tuvo una gran acogida por esa pulsión que mueve al pueblo en contra del poder, aunque eso ocurra solo de vez en cuando. En aquella realidad social que se encaminaba al desastre del 98, el escritor supo leer la contradicción eterna entre naturalidad y fanatismo, destapando el plato en la mesa del burgués, que habita equidistante entre ambos polos.
La infancia de Palacio Valdés discurrió en el Avilés romántico que asoma en la novela, con el palacio discreto a la vista, justo al salir de casa. Y como los niños siempre tienen algo de “los de abajo”, la novela evoca esos balcones abiertos que desprenden luz hacia la calle en modo de migajas, acordes de piano, frases sueltas o el sonido de las bolas de billar entrechocando.
Esa contraria universal entre el ser y el no ser, la expresa de modo ejemplar la casa de Rivero que reaparece en el texto del escritor: fue palacio, colegio, convento, cine, multicine y ahora asador, indicando por el tipo de inquilino, quién corta el bacalao a cada vuelta de la Historia.
Y sin embargo, el edificio que mandó levantar Rodrigo Garcia Pumarino a finales del XVII, cuando volvió rico del Perú, sigue conservando la fachada. A la casa le ocurre lo mismo que a esas familias de apellidos largos y trastienda desconocida, que hacen verdaderos equilibrios para que un “garcía” o un “fernández” no arrasen la heráldica.