Palacio de Maqua, Avilés. Imagen:Maia Rozada.

La Nueva España, 22 de junio, 2026.

Elegancia Maqua

Gonzalo Barrena

El Avilés romántico dejó en herencia a la ciudad un ramillete de sueños en forma de arquitectura. Del mismo modo que La Odisea refleja un pasado épico en que los comerciantes griegos del siglo VIII se quieren ver, y del que están muy alejados en el tiempo, la burguesía avilesina de mediados del XIX también fantaseaba con la historia. En la traza de los edificios se puede seguir la ilusión familiar por implantarse un pasado de blasón.

La familia Maqua encarna otra vez aquí, en el centro comercial de la ciudad, ese matrimonio bien ensayado entre capital exterior y escudo indígena, aunque la eficacia sonora del apellido se incrustó para siempre en el tejido urbano de Avilés, en forma de palacios o polígonos. La letra “Q”, atravesada en mitad del apellido, posiblemente haya sido responsable de la presencia continuada en el imaginario local. También los griegos creían que el nombre propio ejercía una influencia determinante en el futuro del portador, a pesar de la sonoridad extraña con la que han aterrizado en castellano los nombres helénicos. En este caso, parece que “Maqua” aloja una “k” de origen vasco que resuelve con sencillez la identidad del edificio. En su arquitectura, también está presente esa naturalidad.

El Palacio de Maqua fue atrevido en altura, con cinco plantas que parecen tres, puesto que el bajo hace puramente de entrada y el abuhardillado casi no se columbra. Los tres cuerpos principales del edificio van ascendiendo a la vez en altura y pretensión. El primero se conforma con ventanas, el segundo añade balcones y el tercero coloca cuatro miradores caprichosos que vuelan sobre el encuentro entre La Cámara y Cabruñana. Las cuatro pequeñas galerías se recrean con formas góticas de contenida belleza.

Pero entre sueños, ideales e ilusiones historicistas, el edificio se envuelve en una discreta elegancia, porque limita el redondeo a los esquinales, sobresale moderadamente en los asomos y conserva la disciplina clásica de manzana. Las dos fachadas principales tampoco se salen de las líneas puras y encajan con estilo el conjunto de la construcción. De ahí, su elegancia.

Cosa distinta -y futura- es el “Espacio Maqua”, mutación en marcha del edificio que está brotando desde su interior.