Borja Márquez, fundador de El Fielato y El Nora, departiendo con Adrián Barbón durante el 35 aniversario de El Fielato, en La Pola.

El Fielato, 24 de junio, 2026.

La verdad en los manglares

Gonzalo Barrena.

Para sus creadores, un periódico es como un hijo. De un modo más o menos deliberado, sale a la luz con la fuerza de lo que nace, aunque dependa de quienes lo han convocado a este mundo. Después cobra vida propia, evoluciona, crece y llega a confrontar su posición con la de sus mayores. Es ley de vida también para las publicaciones periódicas, que salen a cada poco en búsqueda de lectores desconocidos.

En el caso de El Fielato, mecido con el Nora, tres décadas y media no son poco. La criatura ha atravesado el final de siglo adentrándose en un tercer milenio que discurre a bandazos: redes, guerras, móviles…cambio de clima y de paradigma a la vez, en esta nación piquiñina que ha dejado de ser dinamitera. En medio de ella, el semanario sigue llegando a las aldeas entrelineado con el pan, un verdadero milagro en la vorágine digital que engulle hoy los modos de comunicar. ¿Cuáles son la razones de un fenómeno así, y a contratiempo?.

El Fielato nació rodeado de atrevimiento. Se desperezaba el país en un post-franquismo plagado de posibilidades pero con escasa iluminación, especialmente en la galaxia tenue de los periódicos gratuitos, y contemporáneo de La Farola en la función de alumbrar espacios en sombra.

Tampoco se manejaba entonces la marca “de proximidad” para bendecir las iniciativas locales, con una rotativa en el ombligo de la comarca y los panaderos convertidos en apóstoles sin ánimo de lucro. Ni se vanagloriaba San Juan de Parres por haber alumbrado a una periodista de excepción con dieciséis apellidos de aldea, la dirección de un periódico bizarro y los activos de una ilusión que no cesa: Susana Peruyera volaba desde París para celebrar el cumple del treintañero, junto a tantos escribidores que continuan profesando idéntica lealtad a la orquestina. Si los partidos políticos, como los periódicos, suelen asentarse sobre cadáveres, aquí hay un contraejemplo: la pléyade que alumbró El Fielato estaba el viernes 19 de junio en La Pola, componiendo una estampa propia de los bautizos con familiares longevos, varias generaciones en ejercicio e invitados a parroquia completa. Estaban allí todos y todas las que estuvieron entonces.

Otra suerte de presencia, también desbordante, la compuso la familia política. No se puede decir que el periódico convierta en alcaldes a personas que pasaban por ahí, porque esa operación la muñen a partes iguales los votos, los partidos y la suerte, pero el respeto que inspira el semanario en las corporaciones es innegable. Acudieron al cumple todos los ediles que, cada miércoles, observan con inquietud el cielo de papel, a la espera de los drones libres que despegan desde Fíos, cargados de realidades incómodas. Ellas y ellos, con presidente y vicepresidenta también al escuchu, departieron fluidamente con el hombre de los pantalones rojos.

Porque políticos y periódicos gustan de menudearse en el submundo de la verdad híbrida, ésa que se parece al fondo de los manglares, tierras inciertas, con elevadas concentraciones de sal y muy bajas en oxígeno. En ellos, algunas plantas convierten en zancos su raíces y se aúpan sobre el suelo asfixiante para respirar algo. Es el caso del mangle rojo, el arbusto tropical que sobrevive en el cieno, como el hombre del pantalón colorado que me lo recordó, el pasado viernes en La Pola.

Leal a los suyos y rodeado de primeros, pioneros y trabajadores, Borja Márquez colocó su realidad y color, como el efecto Schindler, en medio del extremo gris de la politica.


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