La fábrica de luz

Una novela de Gerardo López sobre el universo de Los Beyos

Gonzalo Barrena.

En un mundo como el de Faulkner, con la existencia cosida a la geografía, Gerardo López relata un devenir nacido a medias de necesidades y sueños. La épica enhebra el relato atenta a las obligaciones cotidianas, al dictado del suelo, del cielo y del destino, esa forma de azar que ni celebra ni se compadece. Aquí, lo real siempre ocupa el trono, no la realeza, que reaparece como visitante, y todo cuanto acontece en la novela pudo tener lugar justo así, de un modo tan asombroso como bien contado. Ahí opera el escritor, notario estricto de los ciclos estacionales, en los que todo retorna parecidamente a hombros de personajes distintos, sólidos todos ellos y bien traídos.

En imágenes, la novela de Gerardo funciona como una fábrica de verdad poética, tan cerca de Bergman o de Buñuel como de los pintores rusos “itinerantes”, empeñados en sacar el arte de las Academias e incrustarlo en el paisaje. El Ayuntamiento de Cangas de Onís, su editor, ha conseguido al arropar esta novela dos cosas ciertas: una lectura que engancha y el rescate de una memoria colectiva al borde de su desaparición. La narración aprieta el final de una civilización en doscientas cincuenta páginas y unas cuantas décadas, con el destino dándose prisa en rematar el siglo, antes de encomendar el tiempo a otros amos. El libro detalla con una profunda belleza cómo ha llegado hasta ayer mismo una cultura que concluye tan poderosa como inadvertida.

En la tarea, y alérgica a la falsedad, “La fábrica de luz” le sigue el paso a verdades valiosas, ancestrales, en el ejercicio de una ilustración que brota del interior. El texto está cuajado de ideas, de percepciones que flotan solas en el aire de todos hasta que alguien las pronuncia, sea maestro, cantero o pastor, porque en ello reside el arte de escribir. El oficio creativo consiste en llegar ahí, al borde del personaje o del lector, y facilitar la apertura a mundos insospechados. En los vagones de este relato, no sólo los humanos tienen alma, y desbordando las religiones históricas, uno puede viajar a universos en los que el agua, la madera, la piedra y todo el manto de la vegetación estaban aún invitados a la mesa.

Por otro lado, y con una modernidad sorprendente, el escritor-hombre compone un relato indiscutiblemente feminista. Porque hace cien años también se pudieron respirar emociones y comportamientos oxigenantes, que brotaban de modo natural o aprendido, y que eran tan generosos como la luz. La narración se complace en la pedagogía y en una ética que paga con bienestar emocional la lectura de los cuarenta microrrelatos que la vertebran.

Este libro permanecerá. Y volverá a brillar con la lectura como lo hacen los textos de Pereda, Unamuno, quizá Baroja, y muchos otros escritos en los castellanos de América que son sensibles a tierras y gentes de singularidad marcada, como la de Viboli, tatuada sobre el relieve extremo de Los Beyos de principio a fin.

Quedan en este tintero mil cosas sin contar, como el ulular del cárabo, la carretera quimérica o la constelación que se posó en el pueblo con la luz eléctrica, pero puede compensarse asistiendo a la presentación de novela tan insólita como hermosa, el próximo martes 9 de junio, en la Casa de Cultura de Cangas de Onís, donde acompañarán al autor el historiador Paco Pantín y la profesora de matemáticas Cristina Caamaño.

Muchos de los personajes que aparecen en la imagen protagonizan diversos capítulos de la novela